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Los espejos

Sintió de nuevo en la nuca el dolor de los ojos que le excavaban, pero se contuvo. No regresaría ver, no. ¿Encontrarse con la multitud anónima de siempre? ¿Para qué? Él es muchas cosas pero no masoquista y entre la soledad abundante de tantas miradas en el cercano horizonte, que no son para él, no hallará los ojos que le excavan porque ya estarán encubiertos. La sensación de que llegó tarde para descubrir los ojos que le hacen daño le provocará dolor interior, se constreñirá más en sí mismo, se revolcará de dolor dentro del dolor y consigo mismo; de alguna manera la envoltura de la soledad que le abrazará, provocará un efecto algo peor del que le pueden causar esos ojos que no buscará, porque no los encontrará; nunca. Ya están encubiertos. Es su lucha, porque a pesar de que ha regresado a ver siempre, sabe que esa acción de girar la cabeza le transformará en el pacato espectador de un armisticio, en el damnificado ahíto de nadedad que es llevado en andas por una multitud anónima, pero repetitiva.
Tampoco tenía tiempo para una rebusca de ojos que taladran la nuca, para una redada; sí ha tenido horas en abundancia para llegar a la conclusión feliz de que el momento en que los encuentre, a los ojos que le excavan, que lo han hecho y que le perforarán, que cuando los encuentre entre la multitud anónima se los arrebatará al cuerpo que los transporte y los pondrá en un frasco lleno hasta la mitad de formol: hay que vengarse de agravios así, sin duda. La revancha contra ojos que taladran la nuca es una reacción animal y humana imposible de contener porque es natural. Colocará el frasco, dentro del que flotan en formol los ojos, en una repisa, para ver con su mirada viva esos globos oculares muertos y buscará en las delgadas venas rojas, trazadas sobre el blanco de la conjuntiva, el origen del poder con el que son capaces de taladrarle la nuca hasta bien adentro, donde duele lo que la vida.
Esa mañana no tenía ninguno de los rasgos con los que se marcan aquellos días que son hitos, salvo la misma mirada taladradora; de manera que no descubriría a quien porta los ojos ni lograría lanzar los globos oculares dentro de un frasco medio lleno de formol ni colocaría el frasco en una repisa para su goce, lo sabía porque hacía un poco de frío -rasgo fundamental. Tampoco era un día de arrestos.
Las calles son largas, los colores de las casas interminables; el trabajo que debía concluir estaba todavía verde de inmadurez; hacía falta que el tiempo operara con sus dedos sutiles para que pudiera terminar la tarea asignada para ese día. Dejó al gentío anónimo atrás y volvió la mirada hacia el canto contrario, la otra orilla de por donde pasa su mundo, el antihorizonte; miró al contrario del poniente que no es el naciente. Y se quedó mirándolo.
NE23-451. Tenía frente a sus ojos el letrero metálico horizontal de unos 25 centímetros de ancho y unos 12 de alto -en el que se habían grabado en relieve las dos letras y los cinco números- que estaba clavado contra la pared y que era el documento de identidad de la vivienda. Ésta tenía tres pisos, parece que dedicada a vivienda múltiple con un local comercial en la planta baja, donde fue la cochera, casi literalmente hablando, porque ahí hubo coches, la edad delata; se había acomodado bien en el observatorio, que estaba en el límite de la acera y a tiro de los retrovisores laterales de los vehículos que pasaban exhalantes y excesivos y excitados también. Desde ese mirador lograba una perspectiva adecuada, ajustada con exactitud a lo que manda la norma de procedimiento legislativo y el reglamento adjunto con las disposiciones transitorias para el Supervisor de Nomenclatura; Ése era su caso. Él particularmente se veía como todo un proceso legislativo, un asunto de Congreso de la República que vestía pantalones de casimir tailandés negros, camisa blanca de cuello duro y puños severos, y saco café de lana, usaba la vestimenta que concordaba con toda práctica parlamentaria que se respete. Si un ciudadano chocaba contra sus hombros anchos o pisaba los zapatos de cuero negro repintados se daba cuenta que era, sin remordimientos, un procedimiento legislativo, un asunto.
Nadie puede graduarse en la universidad con el título de licenciado en Nomenclatura porque la única maestra es la pared de una casa específica, ubicada en una calle y un barrio y una ciudad; es de las profesiones que se puede conquistar después de años de puro tesón, el mismo que cuesta cualquier buen procedimiento legislativo.
Ordóñez es el apellido del funcionario municipal que se tiraba a zapato todas las calles de la ciudad todas, para aplicar las resoluciones del concejo en materia de organización urbana. Es el gran ejecutor, el emulador edilicio de Tomás de Torquemada y el Santo Oficio, el Baldor que finalmente dio con las fórmulas para poner en orden lógico la urbe, que ya supera los dos millones de habitantes. También se llama Tomás.
A Tomás Ordóñez le daba por sentir que un resuello venido desde atrás le rompía la concentración, que la nomenclatura registrada en el oficio se confundía con la placa clavada contra la pared sin ser la misma, sin coincidencia de dos signos literales que anteceden y cinco signos numerales que preceden, con un guión que les separa. Que cuando ese resuello se arrancaba la concentración se le venía por completo la temperatura del aliento del infierno y que cuando por fin regresaba la cabeza para reprender a quien le resoplaba en la nuca chocaba su nariz contra la especialmente puntiaguda y larga del diablo. Se disolvía enseguida la faz del innombrable, porque la respiración violenta y la nariz no eran de lucifer, ni Dios estaba por ahí, era la brisa del recuerdo, ese monzón embadurnado de nostalgias que de tanto en tanto rodeaba a Tomás para que no se olvidara que a él la vida le pasa por la espalda, por detrás. Él no es una persona que pueda ver la vida, nació para sentirla en el lomo, como cuando una mano silenciosa -que comienza a arrugarse- se mueve con sutileza, acaricia apenas el culo de una adolescente mientras viajan en el transporte público repleto y el adulto enseguida huye de la escena manchado del recuerdo sin intermisión, con el trofeo y la elegía de haber osado sentir los blandos de esas nalgas eternas -o eternizadas-. Y la dueña de las nalgas se congela con la eterna duda de si lo que pasó fue imaginación o constatación.
Se cuela en serio la vida por la espalda de Tomás y como el creador le dio dos ojos que miran hacia delante, lo que pasa por detrás se registra poco y mal en su corazón. Todos pudimos mirar a una mujer embarazada que tropezaba y teníamos la certeza de que en la torre de nuestro cuerpo, en alguno de los anaqueles, estará la imagen de la mujer embarazada que se tropieza siempre. Allá en el alto, y hasta inalcanzable, palomar de Tomás queda el registro perenne de un grito de mujer y algunos murmullos de lástima de ambos sexos, seguidos de menos murmullos de auxilio y terminados con susurros de aliento. Por más que se ha esforzado y ha desarrollado una enorme habilidad para regresar a ver rápido e identificar de inmediato lo que busca, la verdad es que desde el momento en que retiraba los ojos del número de la casa (cree recordar que fue el NE23-462) hasta que llegaron a la escena del evento, la mujer embrazada ya estaba equilibradamente sobre sus talones, tratando de controlar algo de taquicardia que se había apoderado de la respiración; un grupo de personas hacía un corral animado para garantizar el bienestar de la preñada y el retoño. Jamás llegarían a grabarse en su memoria las circunstancias en las que la persona de rostro caucásico, mediana estatura, en estado de gestación, había tropezado contra una placa de cemento desprendida de la acera debido al crecimiento de un ciprés cuyas raíces habían empujado la losa hacia arriba, provocando una peligrosa grada que pudo haber originado el accidente de una mujer. Jamás miraría el cuerpo que caía jalado por la gravedad ni a la mujer que estiraba los brazos para desviar el golpe que se venía contra la barriga misma y, gracias al instinto, caía de lado. Algo le debe haber dolido el hombro porque hizo una mueca, pero no se notaba que algunos órganos hubieran perdido vitalidad; eso se nota en los ojos, sin duda. La mujer pensaría en el consejo del doctor de que la angustia de la madre es la angustia del niño entonces se defendería de la taquicardia, sonreiría al corral  más animado todavía y seguiría su camino.
La vida se le pasa inasible, se le escurre, se le mete. Ordóñez elude tocar la cicatriz y esquiva los pequeños hoyos de los puntos en la espalda tatuados como si fueran el titular de la crónica que cuenta aquella parte de su vida en la que se le metió por los blandos un metal frío; que ese metal frío se calentó rápido en contacto con la sangre de sus venas. La punta que perfora y el filo del cuchillo que corta son dos momentos de su vida que tiene muy bien registrados, pero es difuso lo que vino después: el aliento del infierno; cuando por fin regresó a mirar para atrapar los ojos que encubrían la mirada, como tenía la manía de hacer, su nariz chocó contra la puntiaguda de un hombre convertido en susurro. Susurro hecho palabras: que le dé el dinero, el teléfono celular, el reloj, los objetos que tengan algún valor, que le dé todo o procederá a empujar un poco más el cuchillo de matarife largo como para atravesar que, para suerte suya, de la víctima, apenas había ingresado. Después perdió el conocimiento. O perdió la cabeza. Se perdió cuando la vida se le volvió certeza de espaldar. Tanto su verdad es trasera que por allÍ se le fue la sangre de las venas, pero no la suficiente, tuvo los latidos para llegar al hospital y soportar la cirugÍa que suturó una herida con una trayectoria de nueve centímetros de profundidad y tres de ancho.
Muchas veces confunde el recuerdo de la puñalada con la mirada que le taladra la nuca. Si lo que le perfora las células de la epidermis de su espalda no se calienta con la sangre de las venas derramada en cascada, quiere decir que lo que le mata ese dÍa es la mirada que taladra y no arma blanca alguna.
Pasó hace un par de semanas una experiencia intermedia, cuando apenas sintió una punta diminuta que le atravesó la piel. Esa sensación físicamente mínima, pero que se veía como una de las páginas de la biografía de Tomás, terminó cuando se golpeó el cuello con la mano abierta, el más popular de los golpes con el que el género humano se ha librado de los mosquitos; molestó un tiempo, tenía una mancha roja alrededor del hoyo diminuto y nada más. Mosco de mierda. El acto de defensa contra el mosquito se parecía en algo a aquel hecho singular que sucede de tanto en tanto, el de la mano fría, delicada y huesuda de Ana María que primero le roza la nuca, después le ase el cuello casi que con rabia y entonces le estampa un beso asesino en el medio de la frente. Beso que es extraño que reciba de Ana María, quien camina oronda ostentando su yo por la vida. Cuando se encuentran, las más de las veces levanta la mano (que no se ve porque está debajo de su saco, que tiene las mangas largas) y se apoya contra una pared, debajo de donde un número informa sin descanso al Supervisor de Nomenclatura, y espera que lleguen Tomás y sus inspecciones para charlar largo. Muy de vez en cuando pasó lo del beso.
La explicación es la siguiente, Ana María le besa en la frente porque da lo mismo que le bese en la boca, ella no siente la diferencia entre un beso con lengua o sin lengua, su sexualidad no se desarrolló al mismo tiempo que su cuerpo. El segundo está bien hecho, la primera ni retoña. Médicos más, sicólogos menos, nadie encontró explicación para la más pura, ingenua y militante no sexualidad que habÍa visto en su vida. Desde el punto de vista de Ana María eran amigos de verdad, hermanos del alma, uña y carne, insaciablemente fraternos. Desde la óptica de Tomás su relación era así porque no podía ser de otra manera, muy a pesar del cosquilleo que le producía la cercanía de los poros de Ana María. Sí la quería, tanto como la deseaba, pero respetaba que no esté en los planes de ella hablar el lenguaje de lo táctil, de lo digital. A Tomás no le quedaba otra salida que la de ir por la vida acariciándole con ideas, con contestas, con repulsiones y ternuras abreviadas, o esperanzas puestas y no halladas. Se alimentaba de eso, a falta de la posibilidad de mordisquear con ternura la fruta que no le era dada, se saciaba con tener y mantener la vida a 20 centímetros de sus ojos, sostenida. Ana María exultaba tanto que Tomás, retenido por la falta de roce carnal, perdía los papeles.
Orrdóñez se detenía frente a dos símbolos literales y tres sÍímbolos numerales separados por una raya intermedia, sostenía la tabla de aglomerado con la mano derecha, apoyaba la mano izquierda y escribía para aceptar o negar una nomenclatura, todo esto era su realidad, el castillo en el que estaba a salvo y reinaba. Ana María no tenía respeto por esas fronteras y Tomás moría de la incertidumbre. Se justificaba diciendo que era tedio y/o desidia e inquina, pero el motivo verdadero era mucho más fácil de decir: inasibilidad. Inasibilidad porque Ana María tenía la manía de arrancarle de su cosmos de cuadrículas y medidas, y le devolvía a la realidad, lograba que se le pusiera blanda la voluntad. Tomás gozaba mirando los ojos abismales de Ana María, pero odiaba lo dichos alborozados con que festejaba la vida, como aquello de predicar que todo día nuevo es mejor.
Hasta que llegó el día en que, entre Ana María que le asustaba por la espalda y la vida que se le pasaba por detrás, resolvió que nunca más iba a dormir. Si su amiga pensaba que todo día nuevo es mejor, para él todo día nuevo era peor, era tan malo como que Ana María se le resbalaría de las manos inasible, el aliento del diablo le calentaría las orejas y una mirada taladraría la nuca, ¿quién quiere un día nuevo así?  El tedio y/o desidia e inquina son combustibles volátiles que vuelan cuando deben. Tomás Ordóñez había sembrado en su mente la antítesis del nuevo día que es mejor, la había fermentado con el calor del infierno y la profundidad de las miradas que taladran, y le floreció, con todo el ímpetu de abril, la oposición radical al dÍa nuevo que es mejor. Su parsimonia parlamentaria también aceitó el camino hacia la certeza: el insomnio elimina el mañana, rompe una secuencia de eventos que son todos negativos, cada hora de insomnio es una piedra que forma la muralla que evitará que Tomás tenga un nuevo día que sea peor. Esa fue la decisión y esa la acción, pasar los días enteros y las noches completas sin dormir.
La debacle de la vida que le pasa por la espalda debía detenerse de una manera radical.
Luego del quinto día el jolgorio insomne, las emboscadas de Ana María ya no le causaban interés, escuchaba poco los gritos de las mujeres embarazadas que tropezaban contra una acera desnivelada, el aliento del infierno le resultaba apenas templado y no hacía esfuerzo alguno por regresar a mirar al diablo o a la hoja de cuchillo que intentaba romper sus células o a la mirada que le taladraba la nuca. La humana capacidad para registrar el mundo se apagaba. Había diseñado una serie de rutinas para no ceder a las celadas que le tendÍa el sueño. Y 47 días se mantuvo de pie en la lucha. Y se sostuvo en pie, como un tronco. Un tronco frente a una sierra. El mosquito de mierda le contagió la enfermedad del sueño.
Cayó abatido. Durante cinco días no pudo abrir los ojos ni recobrar la lucidez. En el subconsciente había una fiesta con anfetaminas, iban y venían desvaríos de uno y otro calibre, mundos superpuestos los unos sobre los otros en rotación rápida pero irregular y hasta cree recordar haber visto las venas abiertas de América Latina que sangraban un líquido biliar espeso y brillante, como mocos.
Se recuperó gracias a litros de penicilina, onzas de vitaminas y dosis moderadas de colestiramina administrada por vía anal, por la espalda. Recuperado a medias -con algo más de conciencia y de alguna manera liberado de los barrotes de una modorra morbosa persistente- rechazó la bacinilla que le ofreció la enfermera y caminó hacia baño de su habitación, que era particular: había un espejo sobre el urinario frente al que se paró (al fin algo diferente al frente). Pero había otro en la pared que estaba a su espalda, de manera que, mientras orinaba de pie, miraba por el espejo al otro espejo y éste reflejaba su espalda, su propia espalda. Allí se habría quedado dichoso porque por fin podía mirar a la vida pasar, pero mear toma segundos y tenía solo minutos de fuerza para estar de pie. Tuvo que salir del encantador doble reflejo.
Curado y de vuelta en la calle sintió de nuevo el dolor de los ojos que le taladraban la nuca pero se contuvo, porque había otros tantos dolores que ahora le aquejaban y le robaban los esfuerzos. La herida, que dolía de verdad, se localizaba a la altura de la falta de fortaleza de su voluntad, que había sucumbido y que no le dio la energía para defender a sangre y pólvora su principio filosófico y dogmático de no tener que enfrentarse nunca más a un nuevo día que siempre sería peor. Esa comezón molestosa le ayudó a entender que su cargo de Supervisor de Nomenclatura era un don, porque no le quitaba todas las ganas y la fuerza para ver a la vida de frente, después de que un nuevo día se le coló por la espalda.

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