Reliquias

Dalton Soto roe con la espátula la costra púrpura que ha cubierto el friso del púlpito de la iglesia. Le contrataron en enero, lleva ya 9 meses rascando cada pulgada para develar el pasado de los diez mil adornos de la casa de Dios y sacar a la vista el lado negro de la historia del templo; en cuanto a lo corpóreo, claro.
Dalton Soto sabe que el templo es dorado al fondo de las costras púrpura. Con paciencia lo hará resplandecer lozano, siempre que fije el pensamiento en pulir los frisos y deje de vigilar al cura, quién lo vigila a él.
¿Cuál será su nombre? ¿Se llamará Ignacio Matovelle?, se pregunta. El apellido seguro que no pero el nombre no sería absurdo en esa orden. Bah, tiene la certeza de que la comunidad jesuita le bautizó Maurice de Loyola, nombre de un hombre que no es de esa ciudad ni a escobazos. Vasco, eso vale. En ocasiones Dalton Soto ha creído notar cierta agresividad muy etarra, unas como ganas ancestrales de golpear a la gente. La ventaja de los restauradores es que con un poco de tiempo de por medio pasan a ser parte del mueblerío y pueden descifrar los susurros de los habitantes de la casa de Dios. Supo que en algún momento –Maurice de Loyola tiene el papel y lo muestra sin desenfado; lo guarda en uno de los bolsillones de la sotana- recibió una canonjía de la autoridad clerical local para no celebrar más misas. Este que vigila ladeado los trabajos de restauración de la iglesia es un sacerdote indefinible, si bien otros curas creen que es un portento: llegó viejo a morar en la iglesia de La Compañía y se quedó viejo. Las beatas maitiniantes momificadas por media docena de chales creen como dogma de fe que Maurice de Loyola es un santo muerto e incorrupto y heredero del élan. Creen, las rezadoras, que el clérigo ha visto vida.
Hace cuatrocientos años las manos de nudos anchos de los peones forraron el templo completo, hasta los remansos escondidos, con una fina capa de pan de oro para mayor gloria del Padre omnipotente. Por toneladas. El oro que atiborra la fe, el resplandor que nubla la malicia del-que-no-se-debe-nombrar; las calamidades de los hombres calmadas por los artesonados con curvas de un amarillo tan solar que dilata el iris de los ojos aviesos de los profanadores, quienes caen rendidos por la canícula del mediodía ecuatorial. El astro rey tan omnipotente como el Padre. El sol y el oro. La luz que se cola por las ventanas de las cúpulas baja pesada y a toda prisa, desciende en picada, se arroja con peso muerto, rebota contra una columnata, pega al friso, atraviesa la cadera de la llama de las velas, de frente provoca una conflagración contra el altar y se lanza de nuevo hacia donde vino, de vuelta a la morada de los omnipotentes. Ahora es mera especulación de Dalton Soto pero cuando la estructura completa de la iglesia terminó de ser cubierta, la luz láctea de la luna habrá sobrado para alumbrar la garganta de la nave central: tanto oro, tanto oro junto. Hace cuatrocientos años los diseñadores del templo quisieron que durara más todavía que cien mil puestas de sol y otras tantas lunas lácteas, buena parte de ellas vistas por los ojos de Maurice de Loyola. Unos dicen que el cura lo supo por interpuesta persona, la mayoría coincide que lo vio: Miriam Miranda Marino, arrodillada frente a San Ignacio tallado en madera, lloró seguidas 66 horas la muerte de su sexto hijo. Es decir, se le habían muerto seis en seguidilla y a los 33 años no tenía ninguno. El encharcado de lagrimones se coló entre las uniones de los tablones de roble y goteó despacio hasta humedecer las catacumbas. E inundarlas. Los esqueletos de los fundadores de la orden en tierras americanas nadaron bien pero se pudrieron rápido, para desazón de los vendedores de reliquias. A la muerte del séptimo neonato –lo intentó de nuevo- Miriam Miranda Marino se tiró contra el piso en cruz, en una actitud más demandante que suplicante, y ahí quedó el tiempo necesario para que el viento dispersara los átomos. Las motas del cuerpo de Miriam Miranda Marino pulularon por ahí durante semanas, ella que siempre suplicó para sus adentros, hermética, terminó siendo una montaña de partículas que volaron de acuerdo a las corrientes de aire y se fueron pegando por aquí y por allá, y se secaron como tinta que escribe historias sobre el pan de oro.
Dalton Soto nota que la capa de costra es más ancha y más dura mientras es más profunda. A un metro sesenta del piso la mano que sostiene la espátula de mango de madera clara se quiebra varias veces, la capa negra tiene casi 5 milímetros de espesor. Harto vapor de esencia humana.
Es un ser ambiguo este Maurice de Loyola; cuando baja el sol reglado por las ventanales de la cúpula mayor, al ocaso, el cura transparenta. Dalton Soto caza susurros que aseguran esto y él mismo jura haber visto la sombra del padre transitar por los balcones mientras el cuerpo, el que proyecta la sombra, deambulaba en contravía, a contrapié. Y más, le pasa con frecuencia a Dalton Soto que la sombra del hombre de Dios llega antes y se va después: Maurice de Loyola es un ser crepuscular, santa alma del ocaso, un devoto del poniente, fe de atardecer. Los pasos de Maurice de Loyola son los únicos que pisan sin eco, pero suenan duro, de verdad.
La mayor parte de su vida el piso de la iglesia soportó tantos pies descalzos cuantos calzados empolvados o enlodados -si era agosto o abril-. Independientemente de ello, les era común provocar que se levantara el polvo acumulado en los tablones de roble con la inercia mecánica de pasos por millones. Del suelo café brotaban nubecillas de partículas que se adhería a los dorados, por más barrenderos que pujaran por contener el polvo y devolver la lozanía a la madera. Todos los que querían alcanzar el cielo traían un tanto de tierra de fuera de la iglesia y lo dejaban ahí. Dalton Soto lo sabía. Mejor dicho lo intuía. Hasta le parecía haberlo soñado. Es indescifrablemente certero.
En esta ciudad el oxígeno se endureció el mismo día de la creación y los minutos se demoran unos segundos más. Pero la génesis del mundo es obra inconclusa y sucede que cuando las campanas tañen impuntuales es porque una fuerza mayor a la de la fe les ha puesto a pendular. El poder de la tierra, la vehemencia de un sismo claro, es capaz de mandar a redoble a las decenas de campanas altas y gordas que las acompañan con sus sones cada nuevo intento por completar lo iniciado. En el fondo de cada tan tan tan hay un rezo repetitivo. Los terremotos se parecen mucho a los rosarios, voces uniformes que suenan a rumor. Cuando la tierra no hipa más los feligreses corren a cobijarse entre las paredes del templo, se botan de rodillas como a una piscina y gritan las oraciones, las súplicas, retan al poder divino, ruegan violentos por paz. Lloran a moconadas, sudan frío. Por cada cavidad de los seres píos brota una duda sin misericordia, vapor que de poder verlo sería púrpura oscuro nocturno sin llegar a negro réquiem: el miedo, que por minutos o por días abriga los hogares y las aceras, apoca a la fe (los resplandores dorados de La Compañía también se opacan). Edgar Enderica  hace notar a los dolientes que entra por la puerta de cedro no porque chirrían las bisagras ni mucho menos porque su sola presencia esté precedida de la corte de ángeles. Sus pasos son superlentos, rearrastrados, zapatos galápagos y el choque del tacón suena especialmente grave. Las gotas de sangre que señalan su rastro parecen luciérnagas alineadas para una procesión. Carga un tajo en el cuello que Edgar Enderica cubre con una bufanda, un corte que le da a los ruegos un tono a averno. Los creyentes, las lloronas, los acólitos, el cura, los conversos, los ateos que han sido acogidos, los frisos y las columnas se callan. El terremoto se calla. La llama del Santísimo se esconde tras un rictus de rigor mortis. Edgar Enderica ora y ora de rodillas frente al altar, la sangre mana y mana, la tierra tiembla y tiembla, las almas penan y penan. Nadie acude; contra el dolor de verdad, como el de Edgar Enderica, se batalla solo, es mejor así, el mundo es una realidad prescindible para un hombre que tiene tan pocos momentos para ser él mismo. Tan nimio es que la tercera réplica del terremoto se escucha menos que las jaculatorias de Edgar Enderica. Pero no la cuarta: el sismo lo manda a callar provocando un remezón brutal: un trozo de la cúpula le destroza, en secuencia, la cabeza, el cuello, la columna, la cadera y las rótulas.
Dalton Soto halla una grieta. Resopla. Eso significa ir a la bodega para preparar una mezcla especial, maquillar la rajadura, velar hasta que el material seque y solo entonces cubrir la herida con una fina capa de pan de oro. Las cosas de Dios tiene que perdurar, no necesariamente porque él crea firmemente en los poderes omnímodos del Todopoderoso de la iglesia; más bien piensa que estudió para intervenir los objetos a través de los cuales el arte perdura, el tiempo de vida se estira todo lo posible para gloria del hombre creador y, sin duda, la gloria de quien inspiró la creación artística. Sintió, Dalton Soto, que las costuras se le rompían: hacía la mezcla sobre la base de un altar lateral, debajo del cual descansa Santa Marianita de Jesús.
La relación de Maurice de Loyola con Dalton Soto es de suspicacias. El uno mira de reojo los trabajos de restauración del otro y vigila que no se acerque mucho a la tumba de su Marianita. Dalton cree que la sola observación de los andares del cura le revelará la naturaleza del misterio de Maurice de Loyola. Desde hace un par de semanas Dalton Soto sabe que el anciano sacerdote tiene una fijación: Santa Marianita de Jesús. Parado frente a ella, a esa talla sensible e hiperrealista atrapada en la urna, Maurice de Loyola sonríe a veces, llora otras. Si acaso, la talla de la santa sostiene la parte del alma que decidió prolongar y mantener en la tierra su cuerpo ajado. Porque Dalton Soto escuchó rumorar que una parte del espíritu del jesuita se fue hace mucho, pero otra se quedó para habitar en esas carnes magras. Los alrededores de la tumba de la santa son zona de guerra, Dalton Soto se apura a quitar las herramientas de las cercanías y ruega no ser descubierto tan cerca de la De Jesús por Maurice de Loyola, tipo que debe tener en las venas mercurio y no sangre porque… no sabía explicarlo bien, ¿cómo se define algo metálico y líquido? Metálico y líquido es solamente la sensación de culpa.
Veinte de abril. Todos son iguales desde 1906. A las nueve de la mañana cientos de mujeres con mantillas y de hombres con traje negro empujan a un cordón de estudiantes que evitan que los feligreses dañen la calle de honor por la que ha de pasar, cuando el sol esté en la canícula, el cuadro de la virgen sobre las andas. En las naves laterales se agolpan tantos cientos más y en las calles miles. Desde las nueve el padre Remigio dirige los cantos y las loas, los cantos se entonan con fervor y las loas con recogimiento, unos y otros a voz brutal. Las bocas escupen alabanzas con aliento a café, a pasteles de yuca, a jugo de tomate de árbol, hojas de menta, agua de manzanilla, mistelas, rocoto. Las gentes padecen los empujones, sus frentes se pintan de rocío, los cuellos húmedos ahora se secan y luego vuelven a anegarse. Aparece la imagen de la virgen. Gritos de almas heridas, vivas de cuerpos que se yerguen, los que se postran hacen sonar las rodillas contra los tablones, los que se desmayan lo hacen en silencio, los estudiantes bregan sin mucha potencia contra el fervor; el cargador de cabellos algo más largos que el resto regresa a mirar con disgusto para reclamar a quien le ha golpeado en los riñones y cinco gotas de sudor vuelan por sobre las cabezas pías, explotan cerca de marco dorado del cuadro de un sacrificado en las cruzadas modernas por evangelizar a los paganos endémicos, a esas especies en extinción. Por las costillas de la casa de Dios salen nubarrones de  palabras épicas, de sudores aperlados y de alientos salados.
Levanta la mirada de la costra negra y gira los ojos hacia la derecha, que no la cabeza. A esas horas, cuando Dalton Soto ha logrado enfocar hasta la última neurona en la recuperación que hacen sus manos del gran templo, llega una cuarentena de gringos, a punto de sucumbir a la canícula de mediodía. No mira más, ya sabe lo que habrá de escenificarse a continuación. El guía le pondrá nombre y fecha a cada cuadro, a todos los retablos, uno a uno pasarán los altares con sus historias, los cuadros recibirán su biografía, los artesonados, la cúpula, los frescos, el piso de madera de cedro, la sacristía también se desnudará frente a más lentes de cámaras que ojos sensibles, el guía hablará y hablará, con la verdad casi siempre, los gringos serán rumores de alabanzas al creador y al oro, habrán de santiguarse los menos en este mundo impío y mordaz, los más se secarán el sudor frío y ninguno caerá en cuenta que Dalton Soto se bate en el mismo duelo diario de quitar el velo al pan de oro de todas partes para que las fotos de ellos sean todavía mejores. Finalmente harán lo suyo: beberán agua doblemente purificada y exhalarán el aliento inquieto de tanta impresión, que terminará abrazándose de todos los frisos. El trabajo de los Dalton Soto de la eternidad no tiene fin, más sudores se sindicalizarán con más alientos, que se abrazarán de las paredes de la iglesia, tiernos vapores que se petrifican al cobijo del pan de oro. Dalton Soto lo sabe, la costra negra se hace con sudor y con aliento de una colmena de seres que llegaron con oraciones bajo el brazo, con reclamos extraviados en el gaznate, con altanería y misericordia.
Maurice de Loyola es calvo hasta las faldas del cráneo; del pelo que queda nacen unas patillas que terminan en barba. Sobre la boca, como reemplazo del bigote, una arruga de la piel que corre paralela a los labios. De los ojos no hay mucho que decir, tiene la mirada de Maurice de Loyola: catatónica. Maurice de Loyola no puede ser sino ladino. Pero es un ladino de enorme bondad. Como que la iglesia le cazó por esa voluntad inquebrantable de compartir y tuvo que tragarse una actitud de mierda. Dígase que sus rezos son obras anónimas fuera de todo dogma, solamente impulsadas por lo que mande el corazón en un momento determinado. Lo cierto es que nunca carga ningún valor material que no sea la sotana brillosa por el uso y unos zapatos acharolados dos números más grandes que le regaló un fiel.
Seis de noviembre. Dalton Soto había avanzado bastante en la limpieza de los frisos del púlpito. Como siempre, Maurice de Loyola se paró en lo alto con las manos juntas para orar; solo que esta y por primera vez, antes de dirigió a Dalton Soto y le dijo:
– Joven. Esto que le voy a decir no lo sabe nadie y nadie debe saberlo. Días antes que Santa Marianita de Jesús entrara a la Tercera Orden de Penitencia de San Francisco de Asís nos casamos, pero siempre respeté su pureza. Nadie llegó a enterarse, solo Dios sabe cómo nos quisimos. Quiero pedirle un favor, colóquele esta sortija en el dedo que corresponda en la talla de madera que está en la urna.

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1 comentario

  1. ximena samaniego

     /  02/03/2014

    Por que sera que me gusto tanto tu cuento!!!!! Te felicito no pude parar de leer hasta terminar.

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