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Luna mendiga, méndiga

Primero

«Todos están equivocados», piensa en susurros tenues como para oírse solo él. Y agrega después de una pausa dramática, «Cada duda que tengo me la pregunto porque soy el único que entiendo lo que me respondo». Mueve la cabeza con un latigazo del cuello para descubrir algún miró agazapado que testifique su elocuencia. La retórica siempre rebota contra la soledad de la ciudad.
Monumentos, prefiere a la sordina de los exactos y atávicos monumentos.
Ya había noche, brutal, como siempre. La gente se recoge temprano en ese barrio porque roban mucho. La tienda queda abierta, aunque a veces solo el espíritu del Santísimo se escapa de la iglesia para comprar un pan de a ocho y las palabras del regateo y la compra salgan en estampida a postrarse ante el gran señor de la noche.
Camina lento hacia el mismo portal donde se guardó los últimos días de su mudanza perpetua. «Todos están equivocados, el tiempo tiene un ritmo individual. El apuro es una excusa de los aburridos a quienes los motivos se les confundieron. Están errados porque el tiempo es individual y el mío es mejor que el de todos ustedes. Yo lo dominé hace tiempo…», se detuvo para alzar el brazo y apuntar al cielo, «…hace tiempo cuando aprendí que los placeres de la vida no nos protegen contra la muerte».
Hay algazara en la tienda. Cuando llega frente a la entrada gruñe un descontento descomunal, eran cuatro personas las que hacían el ruido de una docena. «He de lidiar a diario con la fatuidad de mis congéneres».
– Ya está éste otra vez por aquí-, oye decir y se detiene. Gira solo la cabeza muy despacio hasta encontrarse con los ojos de la tendera.
– El mismo pan que le sobró de la horneada del lunes, ¿ese me va de dar-?, rezonga.
– Venga, don Vicente, cómase este pan, a lo mejor le cura el mal del genio.
– Economista Vicente Robles y Acuña para usted, vieja de mierda-, susurra, casi le arrancha, le agradece ese mucho de nada que se pondrá en el estómago.
Pan para la ruta, le viene bien pero no deja de ser un compás en el silencio de las miserias.
La luz que sale por la garganta de entrada de la casa Junín 237 ilumina la mitad trasera del taxi que se había apeado como expirando para no arruinar por completo el neumático que esta exánime.
El conductor, de facciones tan finas como la luna plañidera, ordena y ejecuta herramientas acude fastidiado a los instrumentos para iniciar la operación de reemplazo en la mitad del taxi que está dentro de las sombras. La tarea es al tacto, con resoplos y con melodrama de aceite.
«Ellos hierran, quién se apura no gana tiempo. El tiempo es individual, es determinado, fijo y sin posibilidad de sobregiro». Calla, gira los ojos con dirección del cielo. «Puedes correr, trotar, andar o, como yo, mendigar. Yo soy el testimonio de que mi tiempo individual comenzó y se acabará, de todos modos y con un orden estricto, yo soy la prueba de que tengo la misma cantidad de tiempo en mi vida que los señorones de perfume y peluquín en las suyas. Estamos sitiados y los muros de la ciudad caerán, no importa cuanto ruido hagan». Gira la mirada hacia el suelo, mete la cabeza entre los hombros. «Para el tiempo todas son sutilezas inútiles».
El conductor, en su afán por arreglar su apuro —algo estará por suceder porque todos se afanan- tropieza con un bulto de trapos ennegrecidos, telas contaminadas, retazos ya inmutables al agua y al jabón, un amortaja que aísla el contenido de la saludad, la salubridad y sin duda de la asepsia.
—Toma esto, cómprate un café-, el taxista y le tira una moneda de cuarto. No será suficiente dinero para el cometido. —Vete, estoy ocupado.
—Tráteme de usted, ¿o no sabe que soy economista, conchesumadre?, sentencia, pero la voz sé se apoca apagada por los harapos y de ahí no salen.
Guarda la moneda en el bolsillo número 23 (los tiene ordenados numéricamente para no olvidarse dónde guarda aquellos objetos que solamente él sabe para qué sirve).
Una mujer vestida con las justas pasa demasiadas veces junto a su cansancio, se abriga con toneladas de un perfume más fuerte que su pestilencia. «La gente cree que les da frío, pero la verdad es que calientan su piel con licor y con los cuerpos abyectos de los domadores que las contratan», confirma con movimientos de la cabeza la nobleza de la afirmación. No alcanza a verle el rostro, pero en la espalda se le nota que le sobra todo: la carne, el tedio, la costumbre; parece haber visto, incluso, el exceso de pecado derramándosele por el discreto agujero de las medias de malla negras.
La mujer sí le vio los pelos hirsuto y apenas se descompuso. Para ella –acostumbrada a los extraterrestres de la noche- son relevantes los anteojos con vidrios de culo de botella y el trazo espasmódico de la nariz, deformada, literalmente, a golpe de puñetes.
Quedan pocos testigos capaces de asegurar que fue economista. Es decir, que ejerció como tal, también relatan que nunca tuvo paciencia en abundancia, no al menos aquella que sirve para convivir. Una parte de ellos asegura que intentó hacer trabajos independientes pero a la impaciencia se le pegó como pecado una ceguera progresiva: maldita sea, ni siquiera ese mal atacó de frente, los colores se opacaron a una velocidad infame y al final el mal se extinguió cuando le había quitado la visión necesaria para joder todos los días. Los lentes con cristales de culo de botella ayudaban, poco y mal, no había más. Desde entonces usa el tiempo que le fue asignado trocando portales.
Está tratando de acomodar los trapos de su piel ajada y los retazos abigarrados que la abrigan. En su zaguán le perturban dos ojos bien abiertos que atisban ansiosos. Los ojos tratan de apartar el bulto con una patada y una maldición, salen como puede el portador de los ojos, un cuarentón con traje y bigote y un joven detrás suyo. El economista gira todo su cuerpo, el joven sigue detrás, persiste. «aprovechen de la carne hasta que huela a podrido, majaderos», resuma, toma posición, está listo para cazar el sueño. Si el sueño asoma. El sueño eterno o uno sicatero, da lo mismo.
Las plantas del parque han cerrado sus capullos para que descansen los colores. La iglesia perdió su magnánima divinidad cuando el parroco cerró los portones y amordazó las campañas hace un rato, luego de la misa de las siete y media. El monumento no ha dejado de ser el frío y estático recuerdo del que ya no se recuerda. Quizás más tarde, cuando termine esta especie de lujuria colectiva, la lujuria del desdén, se acerque a hablar con él. Hubo una placa en el lado norte del pedestal de concreto donde se leía el nombre de Eustorgio Menéndez de la Bartola y los años 1448-1502, pero ya no está ahí. «Habla con buena letra el señor monumento. Le he preguntado cómo fue su rostro de verdad porque todos sabemos que los de los monumentos tienen un molde, pero se ha abstenido de confortar mi curiosidad. Tiene una actitud extrañamente silenciosa hacia mí, pero conversa con propiedad, respeta mi condición de economista y eso es suficiente». Lo dice con cierto orgullo empático.
Lujuria colectiva, eso siente que pasa, un desdén lujurioso. En vez de mirar lo que suelen ver los hombres, los traseros de las mujeres, levantan los ojos hacia el cielo, se les nota nerviosos, no tan siquiera la música de unos parlantotes instalados en la plaza cercana y la «consabida bullanguería del lumpen» aplaca la intranquilidad. El economista no tiene recursos suficientes para explorar el cielo. Deja las cosas así. A él le incumben las nimiedades de quienes habitan casas muy juntitas, donde se aprieta el desdén.
El joven ha sacado un cuchillo y se acerca al cuarentón quien todavía camina adelantado pocos palmos. Vicente se tapa la cara con sus trapos, porque incluso la luna ha comenzado a tener vergüenza. “Todos miran al cielo menos la luna, yo tampoco lo hago, los dos sabemos que todos están equivocados, generalmente nos da rabia, pero a veces nos da vergüenza”, alza la voz impúdico: aprieta los ojos para intentar capturar las figuras pero se han alejado demasiado, percibe apenas unas masas oscuras que se mueven violentamente, como el humo de una fogata azotado por la brisa. Solamente un resplandor es claro, preciso, preciosa claridad entre tanta penumbra. El honorable monumento no responde, Eustorgio también mira hacia el cielo, no había visto nunca al prohombre hacer un gesto tan claro. Mientras esconde la cara entre los retazos y los trapos la luna se alza avergonzada, pero poco a poco pierde el color. Minutos después le cubre el desdén. «Todos están equivocados».
–No, no es vergüenza, es sangre lo que la cubre, clama ahora sí a gritos. Pero si soy economista, carajo, a mi no me engañan-, grita y solloza, mirando a los ojos del monumento, que ha vuelto a su posición impertérrita.

Segundo

Rodrigo compró los seis panes y una libra de avena, la avena lleva a su casa cuando quiere que su esposa le perdone por algo. Siempre es una banalidad, tuvo la mala suerte de casarse con una arpía. Eso fue como a las cinco de la tarde. Por eso me llamó la atención que asome más tarde para anunciarme que ya estaba en el cielo el eclipse, tiene una voz aguardentosa y un aliento a demonios, estoy segura que la esposa no le perdonó y el muy hombre fue a hacer lo que hacen todos los hombres. Bueno, hacen dos cosas, salen con sus amigotes y beben. Vuelve a mostrar la cara tras el marco de la puerta y solamente silba.
A la tercera, lo dicho está antecedido de un eructo ronco y sostenido.
–Doña Judicita, salga a ver el eclipse que ya comenzó.
–Calle mejor Rodrigo, con esa borrachera cualquier foco de poste debe parecerle un eclipse. Venga, acérquese, ¿qué le pasó, le pegó su mujer? Pero, entonces, borracho y con el ojo morado hasta las luciérnagas son eclipses.
–En serio, doña Judicita, afuera está la Valeria con unos señores, y ella me dijo que si no vemos el eclipse ahora nos va a tocar esperar unos 200 años, así es que mejor asómese.
«La Valeria, tenía que ser la Valeria, siempre la misma costeña tropical, la gran dama de la algazara, de los vestidos escotados y el carmín abundante. No me sorprende ni tan poquito que esté como florero de centro de mesa en mitad del parque haciendo lo que mejor sabe: llamar la atención. De eso ha vivido siempre, de llamar la atención a los hombres. Pero estoy la mar de segura que no estaba con unos “señores”, desde hace años se le nota a las leguas los surcos del tejido adiposo y el muy bigote que ya ni puede domar, a semejante disparate solo se le acercan los vagos, muertos de hambre, los huérfanos de la razón, los arroz quebrado, ni así vendan todos los dientes les alcanza para pagar medio polvo con una puta vieja y maltratada. Que el Rey del Cielo me blanquee la lengua y me redima del perjurio». Se limpia la lengua con una esquina del delantal que le regaló un distribuidor de licor. Una parte notable del pecado del barrio se origina en lo que cargan los estantes de la tienda de esa mujer pía. Tiene colocadas en fila botellas de licor con etiquetas cuyos textos son absurdamente incontestables.  Ha terminado el aseo del órgano del cuerpo que provoca el perjurio, enseguida aparece medio rostro tras el marco de la puerta, los suficiente para reconocerle.
–Doña Judith, salda te se va a terber el edlicse.
«Jha, siempre me ha causado gracia esa manera de hablar de la joven.  Hace tiempo vivía en la casa de los Chacón otro persona que tenía leporino, le gustaba mucho la conversa templada pero los diálogos tenían dos víctimas: el lenguaje y yo. Todas las tardes, a la cinco mas o menso, aparecía por la puerta con cosas como esta:
–Una hodaza de tan y una dedida, podbabor.
–Bebida, señor Cedeño, se dice bebida.
–Dedida, ezo mimo le dide vedina, una dedida.
Apoyó las posaderas en el costal donde estaba expuesto el fréjol rojo. Era mullido ahí. Se miraba las manos y reflexionaba sobre la conveniencia de cerrar el negocio e ir al parque a compartir con el barrio el eclipse. «La luna roja es cosa del malhadado señor de las tinieblas. Pero sobre todo me retiene una profunda pereza de tener que bancarme el espectáculo a la Valeria. Me hice la sorda». Se hizo la sorda de verdad.
–¿No me oyó, doña Judith?, que salga le digo, esto no se repite.
–Vaya nomás y vea usted, me cuenta luego, tengo bastantes cosas que hacer y no voy a perder las horas en la calle y aparejando la mirada para ver lo que hay en el cielo. Eso de arriba es propiedad del Rey del Universo, con eso me basta.
–No se enoje, yo solo le quería invitar.
–Enojada no estoy, me da desdén que los señoritos y las señoritas malgasten las horas con esas tantas novelerías.
«Esta tarde venía tirando a rarezas. Vi el reloj cuando quedaban cinco minutos para dar con las seis y quince, tenía una cuarto de hora de retraso para rezar las vísperas, corrí a encender el de transistores que está sobre las jabas de agua con burbujas».
–…tamaría madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores.
Hizo con apuros los movimientos para desatarse el delantal, rescatar el rosario de las profundidades de un bolsillón de la falda. Se afanó para posarse sobre la fe suficiente e iba a comenzar con el «…ruega por nos…».
–Buenas tardes, tenga la bondad de tener la amabilidad de hacer de emprestarme el teléfono?
–Está cerrado, ahora… y en la hora de nuestra muerte, amén. Dos calles abajo, en la farmacia le pueden “emprestar”.
–No sea malita señora, lo que pasa es que se desinfló el neumático del taxi y le debo llamar a mi cuñado para que venga y me ayude.
–…María, llena eres de gracias, el…., que no señor, que está cerrado, vaya a la farmacia… drenuestro que estás en los cielos santificado.

Final

Lo que le quedó luego de las oraciones y las ventas lo usó en igualar los debe y los haber hasta que llega este mentado evento a confundir la vida del barrio. Mira que la Valeria se va con los pránganas y siente que la plaza se calla. Y se da cuenta que debió haber cerrado el negocio, el famoso eclipse se comió los minutos. Se toma su tiempo en dar las bendiciones a granos, verduras y lácteos, en correr los pestillos y cerrar los candados. El mendigo está de pie frente al monumento, tiene los brazos caídos y la cabeza alzada, y los harapos chorreados.
–Vaya a dormir, don Vicente, ya es tarde.
–Economista para usted, vieja de mierda.
–Estoy muy cansada para discutir con usted, pero creo que ya es conveniente que se retire a un lugar seguro.
–Eso no existe, porque todos están equivocados.
–¿Vio el famoso eclipse?
Vicente baja la cabeza, siente vergüenza. «La luna tiene vergüenza y yo también, todos están equivocados, todos», musita sin mayor precaución.
–Solo el Señor del Cielo tiene la razón. Deja caer una mano sobre el hombro de Vicente. «Creo sinceramente que ya deberías morirte. Ya has estorbado suficiente. Aprovecha el eclipse y piérdete en la luna», recita entre dientes.
Vicente mueve la cabeza, asiente.

 

 

 

 

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