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Padre Bernabé

Antón. Antón y Segundo. Y por ahí, también, siempre de espaldas, Magaly. Magaly -tan de ida del mundo- erró desde jovencita y sigue equivocada ahora mayorcita; provoca burlarse de ella porque avanza de espaldas a la vida, claro que sí. Bendito trío. Antón, Segundo y Magaly. Magaly, Segundo y Antón. Nadie puede ser más ellos.
Segundo carga un fardo violento, casado como estuvo con la milicia y combatiente como fue de la gloriosa defensa de la integridad territorial patria durante la guerra del cuarenta y uno. Tenía diecisiete años y se fue a la frontera osado, armado con un fusil Mauser  sin munición; llegó con cierta graciosa insolencia al frente de batalla, que era en realidad la retaguardia porque quienes atacaban penetraban como deslizándose dentro de la virginal integridad territorial de la patria y quienes estaban al frente para detenerlos no se detenían de ninguna manera en una retirada en la que las únicas explosiones que se escuchaban eran las de los pasos contra el suelo; Segundo corrió mejor que todos. Fue condecorado por su valentía, le pusieron bronce en el pecho porque había que sostener sobre todo el honor del regimiento y reconocer las buenas mañas para la huida (huir bien, alguna vez será materia de estudios para los novatos, pensaban los recientemente vencidos generales); también fue ascendido. El honor de portar la medalla bronceada en el pecho y dos palas plateadas en los hombros le valió lo que una maldición: Cabo Segundo Segundo Tapia; es decir: «¡Rango!», «Cabo segundo, mi teniente». «Nombre», «Segundo Tapia, mi teniente; maldición, mi teniente». Maldición porque ser el primero: ¡nunca!, seguro, ni tampoco todo lo que puede seguir: el tercero, el último, que por último también tiene sus ventajas. Los compañeros de armas le decían “el que viene”, le tocó ser el que viene después del primero, el que viene después del líder, el que viene después del que obtuvo la mejor puntuación, el que viene del mejor. En la familia el mote era “mi sub”, por debajo, para completar.
Magaly portaba también sus condecoraciones, pero se las habían puesto como corona o como banda o como cetro, en vez de medalla; Estrellita de Navidad, primer puesto en el Segundo Concurso Nacional de Oratorio, Reina de sucesivas kermeses, Señorita Deportes y la Moza Galante de las fiestas patronales del colegio La Inmaculada Concepción. Centro de atracción siempre, como centro de mesa u ofrenda floral o sirenita de Lladró. “Bonitica” le decían el cura confesor y las monjas, los chullas y las chulas que salían de los despachos con sus trajes nuevos de a real y las cholas con las canastas llenas de la compra del día, el abuelo desocupado y medio díscolo, y el guambra que pateaba piedras en la ruta al colegio. El cura repetía “bonitica” bastante seguido pero en privado: a él Magaly nada más le mostraba los tobillos y las rodillas en el extramuros del confesionario. Cura es cura y Magaly la “bonitica”, le mostró el futuro que veían sus ojos y el cura se lo robó cuando le alzó el vestido más arriba de la cintura. “Bonitica”.
De Antón se sabe poco y se chismea mucho. O es prieto o es curtido, no importan los elementos que intervinieron para tiznar el rostro, el cuello y los brazos, es cada vez más difícil seguirles el rastro ahora que el calendario ha dejado caer la mayoría de las páginas; la vida ha dejado ir una parte respetable de las piezas de la dentadura, también. Llegó en algún momento a la ciudad y se dice con frecuencia que de los oteros cerca de algún poblado montubio donde cuidaba del ganado encaramado sobre la montura de cuero y encima de un runa de poco porte pero muy perspicaz para oler el cercano constreñir de la fría largura de la “matacaballo”. Llegó para tareas poco monásticas a la ciudad: fue matón de algún político avispado, se presentaba como miembro del equipo de seguridad personal del tal. Repartía puñetes al mentón, patadas a la canilla, codazos a la nariz y tascadas a las orejas; recibían en sus mentones, canillas y narices los opositores del jefe, los que se interponían en su destino de patriota. Llevaba sostenido de la correa, en la espalda, un revolver de calibre veintidós que no había usado nunca y en el bolsillo una navaja de hechuras toledanas con la que sí se había dado gusto.
Antón, Magaly y Segundo.
No viene a cuento saber cómo cayeron en desgracia o en qué esquina se les rompió el hilo de la cordura, lo que tienen en común es que les sucedieron las dos cosas. Se encontraron en la celda de los alienados y se identificaron como iguales y también es irrelevante saber qué extremas diferencias se juntaron al final del círculo de la lucidez, en el solaz de una solidaria complicidad.
Hablaban poco, el régimen era de los sobreentendidos: un reojo, dos murmullos, tres blasfemias, cuatro chasquidos. Los tres se recogían al menos diez horas al día en el rechino de las bancas de la porciúncula del manicomio, incluso en fiestas de guardar. A una señal, que pudo haber sido un tropezón o un silbido o una gorra mal puesta lo mismo que una castañeta, juntos evadieron las enormes puertas de roble viejo y siete picaportes.
Esa primera noche fuera del manicomio se sintieron atrapados por la libertad, durmieron piel contra piel en el portal del templo todo el cuadringentésimo nonagésimo nono. Despertaron; a una señal, que pudo ser un gruñido intestinal, estuvieron de acuerdo en el siguiente paso: el sacerdocio; la Magaly también quería ser cura, no monja, de espaldas al mundo como vivía. Formaron un fila al frente de otras enormes puertas de roble viejo con siete picaportes para llenar la solicitud antes de los maitines; es posible que haya sido más temprano. Otro hombre se coló en el cuarto lugar de la hilera.
El cura párroco que hizo siete veces clic para salir no quiso mirar la oscura columna formada en la puerta, abandonó la iglesia antes de los maitines con la prisa que llevan los portadores de la unctio in extremis aunque no había penitente agonizante a la vista; a su vuelta tampoco había agonías pero seguía la prisa in extremis, entró con el apuro de quien se ha atrasado para saludar a la concurrencia que espera una señal de la cruz donde colgar sus miserias. El cura párroco estaba remordido con el murmullo de los que estaban afuera: «queremos hacernos curas».
Por entre los pilares del convento y las espaciosas naves de la iglesia corrió serpenteando la noticia de que fuera de la iglesia había postulantes a sacerdotes en fila, tropel entre el que se contaba una mujer. La respuesta a la inmediata llamada al obispo les tranquilizó, no había que dejarlos entrar por nada del mundo, son vagabundos, miserables, solo Dios podrá aceptarlos en el reino celestial porque ellos no los recibirían en su complejo místico, bastante tenían con lidiar a diario contra la presencia obsecuente del innombrable, solo debían recordar la página negra en la historia de la orden cuando, dos siglos atrás, al padre Bernabé, de quien se decía que se le había salido la razón por entre los ojos cavernosos, se le dio por atrapar esas almas harapientas para que colaboren con el ejército de salvación del Señor, con resultados ridículos, habría dicho el obispo. Ni muertos repetir 200 años después otro capítulo de la historia del padre Bernabé y los mendigos.
El trío tenía claro su camino, quizás era la única luz que se habría camino entre las entendederas. El sacerdocio como redención de la cobardía del cabo segundo Segundo Tapia. El sacerdocio como purificación de las muestras gratis de tobillos y rodillas y rabadilla que repartía Magaly. El sacerdocio como perdón por los mentones, tobillos, narices y orejas dado a Antón.
Los curas del templo se cobijaron en las sombras del coso religioso y cuando debían salir por esa puerta, la grande de viejo roble y siete picaportes, no eran más que suspiros, aleteos de sotanas. Pero ellos, los de la columna, no se iría hasta que fueran investidos.
Como sacerdote, Magaly vestiría un largo camisón, que se ajustaría a la cintura con alguna fibra que provea natura, la sotana le cubriría rodillas y tobillos por los siglos de los siglos, amén; de noche o de día, diez o quince horas, estaría de rodillas a un lado de la puerta hasta que le dejen hacer votos. Las oraciones eran muletas para Segundo, que no soportaba más el fardo de violencia, el pesado pasado de cobardía. Ordenado como sacerdote cargaría el mismo peso pero lo llevaría en silla de ruedas, más fácil de manejar, mejor manera de ir y venir por el mundo, más rápido para huir; tenía en su entendimiento que el perdón divino eran las ruedas de esa silla móvil. A Antón se le había quedado esculpida la risa de su caballo runa pero sentía que tenía la misión de apercibir la cercana presencia de una matacaballo, que en realidad era el diablo en su forma más ruin, que venía a hacerse del alma de algún débil. Y sus amigos eran débiles, de verdad, debía protegerlos, tenía que espantar a hostias a la culebra, sería el responsable de la seguridad del alma de la congregación, que venga el demonio, que pruebe el filo de la navaja de acero toledano.
El cuarto postulante, que era tal porque estaba en la fila que ellos habían edificado con un objetivo común, hablaba poco. Casi siempre para regañar a Antón quien le entraba a burlazos al pobre Segundo que no se podía levantar por el pesado fardo del pasado. Y también le ponía en su sitio cada vez que sacaba la risa de caballo para pedirle a Magaly que le enseñara los tobillos hasta las rodillas.
El cuarto postulante de la fila se hacía llamar padre Bernabé.

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