Lunares amarillos

Corneado y muerto. Así saldrá por la puerta de la enfermería pero en hombros, solo entonces en hombros.
Luis Antonio Morales Chimbo, ‘Antoniete de los Andes’ todos los días busca encontrar, frente al espejo, facciones en su cara que sean parecidas a la severidad del rostro de Santiago Martín ‘El Viti’; mira sus propios ojos y abre el alma para atraer el espíritu de su héroe a una simbiosis, para robarle algo de arte. ‘El Viti’ no sonríe, nunca lo ha hecho; en la foto tiene una mirada como de querer levantar barricadas con las que defender lo más puro de la fiesta, en contra de quienes piensan en el circo. El retrato viejo, ya sepia, está en la cabecera del altar, comparte honores con la Virgen del Carmen y el Jesús del Gran Poder, rodeados los tres de media docena de ayudas divinas.
Tiene 15 años y habita una vivienda rústica a algunos pasos de la casa grande. Labra, ordeña, barre las flores que se arrancan del árbol de buganvilla y que caen para teñir las piedras del patio, que juegan a la ronda alrededor de una fuente de tres niveles, por donde brota agua los días de fiesta. Cumplidas las tareas del campo monta la yegua, hinca los talones en los riñones; a poco tiene que abrazarse del cuello de ‘Rayuela’ para no golpear la cabeza contra las ramas de los eucaliptos que pasan veloces acariciando, y amenazando también. Su padre le mira llegar desde lo alto del caballo criollo que es más arriba del cerro, desde donde se impone a la reata que, en las estribaciones, se sacian del último sobrealimento del día. Tan alto llega Luis Antonio, Rayuela se junta al imponente criollo para buscar seguridad, la misma que el joven espera encontrar en su padre.
– El ternero se pasó la cerca. Devuélvelo-, ordena el viejo vaquero.
Están dentro del potrero de ganado bravo, trotan siguiendo la línea de la cerca, Luis Antonio baja de Rayuela, cruza agazapado la alambrada y arrea al ternero negro hasta hacerlo volver donde el grupo. Se apea sobre la yegua y nota que, ni muy lejos, la madre del ternero se ha arrancado contra ellos. Los latidos del corazón se detienen, los ojos otean a los lados para encontrar la ruta de la fuga, clava los talones en Rayuela que se dispara hacia la izquierda; los cuernos de la vaca rozan el anca, mientras la yegua patea unos galopazos desesperados. Ya se dieron cuenta Rayuela y Luis Antonio que entre la cercanía de los cortantes pitones y la alambrada la huída huele a imposible. Luis Antonio se ha aturdido, aterrado. Las figuras del padre y del criollo asoman fantasmales por el frente, el poncho rojo aletea, el polvo revienta bajo los cascos; llegan de frente donde los perseguidos, quiebran al lado contrario y se doblan tanto que el codo del jinete casi roza el piso, la vaca cambia de víctimas, persigue al viejo y su criollo que vuelven a girar rápido como el colibrí y la dejan atontada, bufando para atemorizar a nadie. La vaca alardea con el viento del páramo que anuncia el fin del día y da la bienvenida a la lluvia.
Los dos peones sobre sus caballos regresan como siluetas por el corredor de eucaliptos, ateridos y silenciosos, dejan que el recuerdo de la vaca brava se columpie en la memoria.
– ¿Por qué no le miraste a los ojos?
– Es que solo me importó correr.
– De la muerte no-, cortó el viejo.
– ¿Usted no tiene miedo de la muerte, papá?
– Todos los días, toda la vida-. Al fin el padre sube la mirada desde el piso hasta el perfil de su hijo. – El miedo es cosa de hombres. Pero solamente si le ves al miedo a los ojos vas a saber por qué lado viene la muerte.
– Sí papá, sí le entiendo, pero no sé dónde dejar el miedo.
– Si le miras al miedo a los ojos él te dirá por dónde viene la muerte, ponlo al otro lado de donde viene la muerte. Si estás en la mitad entre la muerte y el miedo ninguno de los dos te alcanzará.
– Sí, papá.
En tantos años de vivir entre ganado bravo el viejo había aprendido que cuando el miedo y la muerte están juntos se miran con un fervor tan macabro que abren un resquicio por donde el hombre puede escapar y mirar los ojos de la vida, de nuevo. Se acercan ya a la caballeriza.
– ¿Podemos llamarle Sombrío al ternero?
– Pregúntaselo al patrón.

Un matador, llegado para la feria anual, es invitado a tentar en la hacienda. Su porte es tierno y recio, sesea al hablar, tiene el rostro pálido y carga un capote con el nombre impreso en la enagua. El subalterno trae el ayudado y la muleta, y remolca un amasijo de impostores que se regodean de taurinos una semana al año. Algunos pasos atrás va Luis Antonio vestido de domingo hacia los corrales para organizar el lote. El hacendado, el matador y los demás se han detenido por un café en la casa grande hasta que la peonada arregle los detalles. Los arrieros llegaron temprano con media docena de reses y las reunieron en el corral adosado a la puerta de toriles, las lazaron una por una para cubrir los cuernos y borrar las marcas de muerte que portan en los pitones. Al fin y al cabo tentarían la bravura de la reata pero, sobre todo, se divertirían.
– Anda al burladero-, dice el viejo chagra. Luis Antonio deja escapar un asombro que tenía refugiado tras la humildad propia de su condición. La orden de su padre es superior y husmea callado tras el burladero de junto a la puerta de cuadrillas, porque ni siquiera entonces puede dejar de pensar que su prioridad es servir a los invitados del patrón, nunca servirse primero a sí mismo.
Escucha a su padre gritar a la peonada detrás de la pequeña plaza construida con piedra y madera, y el jolgorio de los invitados que ocupan sus puestos. Se abre la puerta y atropella la primera vaca, negra como solo ella misma, con el luto prendido de la mirada, ni el sol que ataca ecuatorial puede arrancarle un resplandor; tiene un trote alegre, pasa revista de los asistentes en las gradas, se fija en las copas de los árboles que se asoman detrás de los muros y del bosque en la montaña donde amaneció ese día. El subalterno aparece desplegando el capote y lanza unos pases, la vaca responde bien, tiene un juego limpio. Un invitado trotón y algo mareado persigue a la res para llamarla a enfrentar su engaño, clava los talones en la arena, se espiga, no suelta los brazos; vuela por los aires, cae bajo las pezuñas, Luis Antonio tira su trapo a los ojos de la vaca que se desentiende del caído. El subalterno lanza otros pases y ahora la vaca responde jugando sucio, se la devuelve a los corrales desde donde el viejo suelta, minutos después, la segunda, hermana idéntica, dama enlutada, que se arranca también con alegría. El matador toma el capote y hace algo más cercano al oficio que al arte, no le interesa perder una corrida en la feria mayor debido a una revolcada en la tienta, es profesional y apasionado, le encanta torear pero no se reta a sí mismo, no arriesga porque también es prudente. Esa vaca regresa al corral con buenos augurios y cede la plaza a otra de la camada, que tiene un trazo marrón sobre el lomo pero es taimada, trota temerosa hacia el capote abierto por el patrón. Atraviesa dos y tres veces el trapo hecho de viento, al cuarto se regresa y le tira contra la arena: un segundo se miran a los ojos, el patrón desde el piso y la vaca bufando bien cerca de su rostro, como si no supiera para qué sirven los cuernos, un segundo que no asustó a los invitados desatentos del ‘ole’, y atentos de los vasos de licor, que no reparan en el miedo que cubrió como una cúpula el ruedo; un segundo que es suficiente para que Luis Antonio vuele desde el burladero. En ese lapso una correntada de viento muy frío se apoderó de las cimas de los cerros cercanos, se sostuvo por un momento allá arriba y tomó aliento para bajar por las pendientes, las quebradas, para colarse rítmica entre los trigales, jalonar las copas de los eucaliptos, helar las orejas de los conejos, desordenar el polvo que se había echado a descansar sobre la tierra, silbar y anunciar que precede a un aguacero feroz que apaciguará los tumultos de polvo, que congelará la vida del monte. El aliento de la res sobre la cara del patrón, sin embargo, hierve; ese segundo se acaba, los ojos de la vaca se distraen hacia arriba, sus patas tropiezan con las costillas del hacendado y se olvida del caído, el capote de Luis Antonio repone el orden del universo, no se escucha ni un rumor: todo pasó demasiado rápido para el resto, que no para Luis Antonio que se engolosina con el capote, siente el profundo placer de llevarlo cadencioso acariciando la arena, sin dejar que las agujas de la vaca arranquen jirones de su única capa; entra a un círculo que le resulta cómodo: muestra la tela, invita a la embestida, siente como el pelo del lomo le cepilla el vientre y le regala a la vaca brava un espacio enorme para que recobre el aliento. Luis Antonio está ausente, no pierde de vista al miedo que está correteando donde le pueda ver; pero la muerte no aparece.

Eloísa, la hermana mayor, heredó de la madre muerta hace años alguna destreza para el bordado, que lo practica con angustia en algunas lentejuelas que se aflojaron del traje de luces de tanto ponérselo y sacárselo para que el futuro torero se acostumbre a la pesada e incómoda su casulla. “El Viti” no sonrió antes y ‘Antoniete de los Andes’ no espera que lo haga el día de su doctorado, solo quiere mirarlo a los ojos, explorar los caminos que tomó el maestro para ser lo que fue, exprimirle la mirada -que se yergue en el pedestal de una nariz asombrosamente romana- y dejarse llenar de la sabiduría del maestro. Lo que espera, en realidad, es una revelación.
La vivienda tiene ventanas pequeñas, el sol es avaro este día pendenciero y de sobresaltos, el desorden está sentado donde pueda estorbar suficiente, hay como un temblor del volcán antes de la erupción que hincha el paisaje para que se vea obeso en el estar y en el moverse, los parientes atraviesan las paredes ligeros como fantasmas, la cocina calienta la tercera jarra de café bien cargado, los perros prefieren alejarse a la pesebrera de ‘Rayuela’ para rezar bendiciones en murmullos de ladridos y relinchos, el viejo sostiene el calzón de Antoniete quien da brincos hasta que el traje termine de vestir su cuerpo cuadrado, sin esa cintura de cabaret de los diestros españoles; la tía María Rosa plancha capotes y muleta, Eloísa cuelga el atavío en ganchos y los cubre con plástico, justo a tiempo para alcanzar la camioneta rentada por el viejo para llevar a todos a la plaza monumental.

Luis Antonio embarcaba, tres días atrás, los toros que se lidiarán esa tarde. No podía sostener los nervios, que eran como una libido desatada siempre, porque Sombrío y él serán debutantes, el torero tomará la alternativa, el toro será la víctima. Le encanta Sombrío que es más fuerte que sus hermanos, profundo de vientre, con el cuello algo grueso, el morrillo vistoso y los pitones abrochados y finos. Pero, sobre todo, tiene una alegría mustia bien parecida al carácter de Antoniete de los Andes. Antes que el toro entre en el cajón se miraron fijo, todo lo profundo que eran capaz de hacerlo toro y torero; se reconocían como oficiantes de este rito de luces mordaces y latidos por quebrase. Cuando finalmente Sombrío corrió para encajonarse le dio tres palmadas en el lomo y susurro palabras para darse valor ambos: el animal que se parecía tanto a él iba morir, a menos que fuera lo que un toro de lidia debe ser para pervivir en la memoria de los humanos y sobre los lomos de las hembras -como él-. No aspira a tener la suerte de que le toque la lidia de Sombrío, su toro preferido estará encerrado mientras el brillará en el paseíllo vestido de oro y guayaba.

Cuando la camioneta llegue a la plaza no habrá ningún movimiento ajeno a la ciudad, estarán los pocos que van más temprano para cuidar los detalles. Entrará al patio de cuadrillas y recibirá parabienes, terminará de vestirse, calentará los músculos acostumbrados a la vida dura, llegarán los otros toreros con sus subalternos, picadores y asistentes, ajustarán bien los petos de los caballos de pica, los monosabios abrillantarán estoques y afilarán banderillas, en silencio entrarán a la capilla y rezarán al Jesús del Gran Poder; poco a poco el rumor en las gradas subirá de volumen y también la bulla en el patio de cuadrillas, que se ordenará con rigor cuando suenen los clarines y retumben los timbales, se abrirá la puerta grande, de par en par, como si estuviera libre el camino al cielo. Desde su burladero se alegrará de saber que el sorteo le devolverá al romance con Sombrío, pero maldecirá su suerte pendenciera cuando salga por el túnel un toro irreconocible, mustio sí pero con una mirada que no será de alegría.
Solo entonces sabrá que un torero no tiene certezas, el miedo y la muerte vendrán juntos, habrán conjurado en su contra. No encontrará los ojos de la vida sino miles de lunares amarillos que le contagiarán de una eterna ceguera blanca.

(Mención de Honor en el Concurso de Cuentos Taurinos, organizado por la peña El Albero, 2002)

 

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