Baterista al trasluz

De la agarradera del autobús estaba sostenido el brazo, lo vio sin que estuviera en modo de descubrimiento. Lo vio a pesar del rebaño desde su lugar en un asiento de la última fila. El baterista se sostenía por referencia, era obvio que confiaba más en sus rodillas, en su juego de equilibrio, en el dominio del tiovivo de paradas y partidas.

Descendió tras él. Mientras le seguía guardó el reloj de pulsera en el bolsillo del pantalón, dobló las mangas de la camisa y se persignó. El primer golpe de puño chocó contra el pómulo del baterista y la primera patada que vino de vuelta revolvió los blandos del sistema digestivo.

La copa de vino parecía sangre quieta al trasluz de una vela de cera ocre. Había ido tantas veces al bar que creía saber lo que sentía el dueño que hace aportes puntuales para el sostenimiento del negocio. La luz justa, ese era el sello del local, no había ningún resplandor que pudiera sacarle de sus pensamientos, sus conversaciones ceremoniales, los ritos urbanos de apareamiento que se destacan por los tontos cánones de una socarrona galantería. Había sido muchas veces un tonto que se dejó estar y montó sobre cánones de una socarronería sin encanto ni talento, pero le funcionó. A pesar de todo con frecuencia salía del bar con las manos llenas.

Reptó hasta donde encontró un madero que reventó contra la pierna del baterista, le hizo perder el equilibrio, tambalearse y caer, cayó con la gracia con la que solía llevar su vida. Él respiraba lo que le dejaba la sangre que inundaba todas las cuencas. Los dos se quedaron en el suelo un rato hasta recuperar el aliento. Con poca agilidad se levantaron y se miraron. A pesar de que era una escena dramática no terminaba de cuajarse una mirada de odio en ninguno de los dos.

El mismo asiento. Desde allí se dominaba sin obstáculos la puerta, era la ruta del baño y eso aseguraba que todos debían desfilar en su pasarela, estaba lo suficientemente lejos de la pista de baile como para quitarle el arrebato al que se muestre entusiasta y lo suficientemente cerca del escenario para mirar todos los detalles de los movimientos del baterista que tocaba con la banda de los jueves, alucinaba con lo sutiles que podían ser esos brazos enormes.

Esquivó bien un patada que le hubiera zumbado el cuello, contraatacó con otra patada a los huevos pero apenas impacto en la ingle y, mientras retrocedía, le zampó un puñete gordo, pesado y sordo en la oreja. Un chasquido después del martillazo.

El color de la copa de vino, la sangre al trasluz, generalmente le aquietaba pero no siempre era capaz de lidiar con la idea de que un baterista fuera el autor de las canciones que tocaba la banda, por más primor de brazos con los que azotara a la batería. Algunas de las canciones compuestas por la banda -en genérico- que se atrevían a tocar estaban bien y las interpretaciones de las de otros no desentonaban. Pero, por principio y esencia, un baterista, uno de brazos llenos de potencia, no podía tener nada en el corazón ni el cerebro que sirva como materia prima para componer, crear, la naturaleza de un baterista es pegar a los tambores con rabia o con ternura, de todas maneras con tozudez.

El contador automático de su cerebro registró 19 golpes certeros recibidos y menos de diez erráticos. Sus armas habían alcanzado no más de ocho veces. Era una paliza.

Estaba enamorado de los brazos y odiaba a quien los portaba, no podía hallar un argumento lógico de la razón por la que un tipo así llevaba unos brazos impecables, era contradictorio, no soportaba al baterista y se regaba en amores por sus brazos, mientras se concentraba en el golpeteo de la batería conquistaba simas internas tenaces; y luego las odiaba. Con vino y sin él sucedían colapsos internos. Con sangre al trasluz.

Al último golpe, al trigésimo, lo vio venir; supo que había sido accionado el percutor del brazo del baterista y que venía hacia la mandíbula sin que hubiera  una caridad que se interpusiera. Estaba dicho. Esta hecho. No hizo nada, bajó los brazos, entendió que así debían ser las cosas, la verdadera, fundamental y cabal compenetración con el puño le salvaría; se iría a soñar a un mar tibio y despertaría con mucho dolor.

La nueva canción que la banda estrenó esa noche no fue gran cosa, lo que demostraba que el baterista no tenía tanto talento como poder en los brazos. Antes de tomar un bocado de vino hizo una mueca que fue de dolor para tratar de poner el el puesto la dentadura que se le descalabraba y de complacencia: el brazo derecho del baterista tenía la marca morada de un golpe, que había sido suyo.

 

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Orto y ocaso

– Gordo, ¿sabes dónde están mis interiores?
– ¿Los buscaste en la lavadora?
– No pueden estar ahí, tú sabes que esa ropa se lava a mano?
– No he dicho que los haya puesto en la lavadora, solamente que creo que los vi por ahí. Los blancos de encaje, ¿cierto?
– Sí, amor, pero estoy por aquí y no los encuentro.
Gritaban a una distancia de tres habitaciones: del cuarto de lavado (que también era de secado y de planchado), pasando por la cocina y la sala, hasta el dormitorio común.
– Es que no tienes suficiente cuidado con tus cosas, mi vida.
– Ya, no me sermonees, no hoy que voy a tener un día superestresado.
– Y comienza un día superestresado con una ansiedad de mierda. Siempre te he dicho que tienes que saber administrar tus emociones.
– Porque las administro bien es porque vivo contigo, cariño. Esta última palabra sonó cansada. Fue seca e inofensiva.
– No, hoy no vas a lograr que me calle y te voy a decir más: tu desorden con la ropa es el desorden de tu vida. Hace meses me hubiera vuelto loco por buscar tu ropa interior blanca de encaje, pero después de buscarla cien veces ya me cansé de esforzarme.
– Amaneciste estúpido hoy, ¿no?
– Lo de siempre.
– Eso quiere decir que te irás al fútbol con tus amigos y yo deberé esperarte hasta las tantas de la noche.
– No tienes que esperarme, sé acostarme sin ayuda ni supervisión.
– Ah, estás intratable.
– Sí, y tú eres la persona de siempre.
Volvió a esquiar la hoja de afeitar por su mejilla y comenzó a tararear la sabinada de “Dormir contigo es estar solo dos veces, es la soledad al cuadrado”. Sabía que al llegar a la casa, tortuosamente sobrio o épicamente borracho, se dormiría después de darle un beso en la boca, largo largo largo y húmedo lo justo.

– Amor, ¿sabes dónde están mis interiores?
– No. Esta vez estaba a pocos metros de distancia, en la cocina. Se aplicaba sobredosis de café negro y espeso como el petróleo.
– ¿Te fue bien anoche con tus amigos?
– Mmm, mal partido, jugamos mal, empatamos, perdimos unos puntos de oro, no tenía ganas de beber pero bebí después de todo, nadie quiso traerme a casa, no había taxis, caminé esta vida y la otra. La verdad no me divertí.
– Pues yo sí. Como que cambiaste tu cintura con la de Beckam, porque te moviste en la cama como un tren.
– Ya, deja eso. Además, no me moveré nunca más en la cama si vuelves a preguntar por tus interiores.
– No importa, me moveré yo. Tú sabes, entre nosotros no importa quién esté arriba.
– Bueno. ¿Cómo estuvo tu día superestresado?
– Como tú lo dices. Fui a la oficina del congreso para entrevistarme con el diputado que me recomendó Sebastián.
– El que te encanta.
– Como a ti. Pero no eso no viene al caso. Lo que sí es que me arreglé todo lo bien que pude, vestí de seda, me perfumé, me rice las pestañas, me cubrí la cara con esa deliciosa crema con olor a lavanda y, bueno, este tipo resultó ser un asqueroso que no necesitaba a alguien que le asista con su trabajo sino que le preste las carnes para que se desahogue de sus mierdas. Me miró de arriba a abajo como cincuenta veces, me hizo veinte preguntas todas con mala intención, me ofreció un chorro de plata para que cumpliera con sus deseos, los más sublimes y los más perversos.
– Eso último es de Les Luthiers.
– Sí, y este majadero parecía una caricatura de Les Luthiers. Tuve la intención de cerrarle la boca de un golpe, pero decidí no rebajarme y le contesté que un infeliz como él jamás tendría la plata suficiente con la cual ensuciar a una persona como yo.
– Bien dicho pero mal hecho.
– ¿Eh?
– Digo, en el hipotético caso no consentido de que hubiera sido una cascada de plata, pues yo me vuelvo cafiche.
– Bueno, si eso es lo que quieres, esta noche vendrá el primer cliente y tú esperarás en el pasillo con la caja registradora, a ver qué te parece.
– No seas tan inconsecuente con una broma de alguien que tuvo una mala noche de fútbol.
– Es que creo que te pasaste y creo, además, que me arruinaste el día. ¿Tienes un cigarrillo?
– ¿Vas a fumar en el departamento?
– Pues sí, ¿algún problema?
– Que es un edificio libre de humo.
– Que al que le disguste trate de sacarme. Además, este departamento lo compré con mi dinero y es asunto mío si lo destrozo a garrotazos.
– Ya, bueno, menudo genio el tuyo, ¿ah?
– Tú me lo cambias. Hoy amanecí con un ánimo inmejorable, me sentí realmente bien porque así me trataste en la noche. Y ahora me degradas a lo más vulgar. Tengo vértigo y no soporto que me bajen de categoría a esa velocidad.
– Ven, ven a tu trono, que yo te trataré como mereces.
– No, ahora no, a menos que quieras tener tratos con una escoria indigente.
– ¿Almorzamos juntos hoy?
– Estoy en dieta.
– Bien, vamos a almorzar a “Lechugomanía”.
– Si me pasa la rabia estoy ahí pasadas las dos. Si no llego no esperes por mí.
– Tenemos una cita.
– Tengo ganas de romperte los dientes, hijo de mil putas.

Lo que siempre buscaron fue un departamento que tuviera grandes ventanales desde donde contemplar la niebla venirse en cascada desde las montañas hasta la ciudad. De eso carecieron en los dos departamentos anteriores que malhabitaron y en eso soñaban abrazados en la cama o mientras se acariciaban la rodilla por debajo de la mesa en los cafetines de la zona rosa. De eso hablaban con frecuencia cuando estaban con los amigos, les hacían saber de la desesperación mutua a ver si el padre de alguno tenía entre sus propiedades un sitio que les pueda servir. Pero, ni respondían a las evidencias ni se daban por aludidos, así las familias tuvieran edificios enteros. Los amigos, un grupo cerrado de 8 que incluía la pareja, se llevaban muy bien siempre que no se bajaran los puentes de la fortaleza para que entrara o saliera otro amigo, se dijera o se desdijera una crónica común, viniera o se fuera cualquier pista que los relacionara. Desde fuera de la amistad de la jorga se veía como un grupo humano acuoso. Ante una pregunta de si eran amigos cualquiera respondía que sí y que no, quién sabe, la verdad, y el cuestionador debía parquearse en la misma calle en la que comenzó, la de la sinrazón. Eso querían los amigos, ese era el canon, dicha regla se estableció sin juicio ni prejuicio y todos la aceptaron. “Y el tal ese… te he visto con él en cine”. “Sí, he ido un par de veces pero no es más”. Si los ocho eran los que sentaban en una fila completa de la luneta o en el tendido de sol en la plaza de toros, sonaban a entrañables hermanos de lo profundo del alma; quien no era parte de la horda notaba que tenían asumidas cientos de verdades, porque se reían de asuntos sin sentido, “Chistes locales serán”. Y era así, llevaban casi una década de andar tirando mundo, de haber despellejado el corazón en cooperativa, de compartir discos, ropa, libros, trenes, cursos, caminatas, rezos, cumbias y milongas, células políticas y conversatorios teológicos, miedos, frustraciones, traumas, fortalezas, debacles, renacimientos. De manera que, normalmente –y exclusivamente entre ellos–, sobraba el sujeto y el verbo, cualquier predicado era suficiente para darle sentido a ratos anémicos o festivales de relumbrar, a ese cónclave cerrado a cal y canto. Pero, literalmente, fuera de las puertas de la tenida, les daba lo mismo si la vida se les venía encima o les pasaba por un lado y les soplaba en la oreja izquierda y, por tanto, no había esa solidaridad de elevador por la cual uno consigue un departamento para otro del grupo, que le recomienda un vehículo a buen precio a uno más pero además pone sus manos al fuego por lo que no quema, quien le invita al de más allá a hacer emprendimientos, no eran fulano, zutano y mengano que hacen la hola para animar a otros seres humanos a ser felices como ellos.
Obviamente, pudieron rentar el departamento sugerido por interpuesta persona de extramuros y, claro, la fiesta que organizaron para estrenarlo fue un estupendo carnaval onírico, un testamento de liberaciones porque la pareja sentía que algo en sus vidas había eyaculado y se solazaban de tal orgasmo con canturreos de melodías típicas, declamaciones de una veintena de poemas de amor y una canción desmesurada, y un estruendosos copeos. Los ocho adalides del festín la gozaron durante dos días y los anfitriones tuvieron la decencia de prepararlo todo para dosificar, uno por uno, tabletas que les restablezcan de las sucesivas depresiones hepáticas.

– Bernardo, mierda, dónde dejaste mis interiores.
– Ahí, amorcito.
– Dónde, mierda. Déjame explicarte una cosa, es muy sexy que tú hagas ese pucherito para enseñarme dónde están mis interiores, pero lo interesante de esto es que yo debo estar frente a ti para interpretar el mensaje de tu trompa y yo estoy a tres cuartos de tu maldita jeta.
– ¿Buscas la ropa interior blanca con encajes?
– Sí, sí, sí.
– La estoy usando yo, me la acabo de poner.
– ¿Y por qué mierda no te pones tu propia ropa interior?
– Porque amar es compartir, ternura.
– Vete a catar urinarios. Y ¿qué me voy a poner yo ahora?
– Ven, ven aquí que ayer me he comprado unas bragas estilo Andy Warhol.
– A lo Fernando Botero será, para que te alcancen.
– Calla y ven, te las presto.
– No seas infame, en tus interiores cabemos todos los fanáticos de Bono y yo, y eso es decir bastante.
– No sigas con eso.
– Mira quien lo dice, ahora he perdido para siempre mis interiores blancos con encaje y de marca por tus manías desesperantes.
– Me parece que si no vienes al dormitorio y me ves estarás en tu típica línea de tus típicos días, serás un prejuicio con piernas que se ajusta un cinturón.
– Bah, chico sermón, vete para la iglesia. Lo único que quería era sentirme bien ahora y ponerme la ropa interior que me gusta.
– El hábito no hace al monje, de poco te servirá ponerte cualquier trapo místico, tú te sientes bien o te sientes mal y sanseacabó, no puedes depender de tus lindas braguitas blancas con encaje que tanto bien te moldea el cuerpo.
– Ya, mira quien se atreve a calificar mis prendas místicas. Quiero verte el domingo en el fútbol sin la tramoya que te montas.
– Eso es un juego, cálmate un poco, estás llevando las cosas de Guatemala a guatepeor.
– Pierdo la cabeza, Bernardo, no tienes derecho.
– Ya, para de una vez y ven para mostrarte lo bien que me quedan tus braguitas.
– Olvídalo, me voy enseguida, tengo mucho trabajo que hacer.

Se encontraron en la cafetería. Bernardo llegó luego de procurar resolver un examen que le había dejado exhausto y necesitaba unos minutos de no hacer nada antes de preparar el del día siguiente. Un ser luminoso jugaba ajedrez contra sí y ocupaba una de varias sillas de la única mesa que tenía puestos libres. Le llamaron la atención las piernas cruzadas sobre el asiento, la mano derecha de trípode de la cabeza, la mirada clava sobre el rey, el pelo hecho un rebulicio, el cuello largo. Asentada sobre las piernas una maleta de estudiantes con los colores de la campaña de Benetton y entre tanto enredo unos zapatos deportivos rojos. Hasta ahí no había pasado por su mente nada más que la posibilidad de describir a una persona sentada en una cafetería y no le hicieron falta muchos arrestos para pedir permiso y sentarse en la misma mesa a beber un café aguado y turgente. Y devino la conversación. Que si te gusta el ajedrez, que no me justa, es que no sabes jugarlo, es que no me interesa, es que juegas una vez y no paras nunca, es que por eso no me interesa, es que deberías intentarlo, es que tengo demasiada basura en la cabeza como para pensar en estrategias, es que sí sabes de lo que se trata porque dijiste la palabra clave que es estrategia, es que estrategia hay en una guerra tanto como en una relación de pareja como cuando compras leche en la tienda, sí que tienes razón y por eso te aseguro que te gustará el ajedrez, quizás en el futuro porque ahora no quiero aprender ni quiero que me enseñes, no lo voy a hacer si me cuentas por qué traes tantas iras encima, disculpa pero el examen me dejó hecho trapo y trato de relajarme, entonces relájate no más y déjame en paz con mis estrategias. El tono del inicio es el mismo de todo el concierto, pero desde el principio la armonía se libró de la malicia y el futuro se consumó en miles de disputas y casi ninguna pelea, los dos consignaron los escrúpulos en el medio de la amistad y eso dejó que se cure en salud cualquier altanería que enfriará demás los vientos primaverales que les aderezaban.
Luego vino lo bueno y lo malo, la fruición y el desamparo. Ellos se quisieron de verdad, todos les decían que lo suyo era mentira; no se dieron el trabajo de convencer a nadie de nada, solamente tomaron el camino que quisieron. Por sobre la encarnizada maldición que pesó sobre ellos, aprendieron el misterio de la convivencia y salieron ganadores.

– Amor, Bernardo, ¿sabes dónde están mis interiores?
– Pues deben estar cerca de la lavadora de ropa.
– Estoy hasta la torre de buscarlos, ¿no será que los robaste de nuevo?
– Mario, Mario, Marito de mi vida, después del último escándalo que formaste con los interiores blancos con encajes no se me ocurriría volver a mirar tu ropa.
– Es que tienes que entenderme, hay ropa que me encanta y que la cuido porque es especial para mí.
– ¿Sabes? El otro día vi en una revista a una modelo con un cuerpo de álamo de invierno que vestía tu ropa interior. Se veía muy bien. Tu ropa interior, claro.
– ¡Ja!, estás coqueto hoy.
– Pero, mi amor, siempre te he galanteado.
– Cierto, ahí no mientes. ¿Te vas al fútbol ahora?
– Tengo pocas ganas, pero es partido importante y debería estar ahí. ¿Quieres venir?
– Ni loco, si te emocionas y me clavas uno de esos besos atómicos que tienes guardados nos linchan en el estadio.
– Te juro que me porto bien, amor.
– Prefiero ir al cine.
– ¿Qué hay?
– Eso no importa, hace rato que dejé de ir al cine para aprender. Me gusta esa sensación de estar navegando en el vientre de una ballena.
– Cuando te propones lo dices con una gracia solo tuya. ¿Vas mañana al hospital?
– No, ya no tiene caso. ¿Sabes que es una ventaja morirse de algo normal?
– Pues…, me cuesta un poco discriminar la muerte normal de la anormal, ya sabes que soy corto de entiendo.
– Es fácil, todos predijeron que uno de los dos moriría de sida. Pero yo voy a morir por culpa de la médula, de manera que para nosotros no morirse de sida es morirse de algo normal.
– Te lo concedo, pero deberías seguir con la quimio.
– Ni loco, la última vez me dejó vuelto un brócoli. Prefiero morir con algo de dignidad.
– Pero si no te la haces me dejarás solo muy rápido y aún no estoy preparado.
– Nunca lo estarás, yo tampoco estoy listo, pero se viene, como quiera que sea.
– Voy a poner girasoles sobre tu tumba una vez al año.
– Bah, eso no importa, ya me has llenado de flores la vida.
– Antes de que mueras quiero que vayas conmigo al estadio y quiero darte un beso atómico frente a todos.
– De acuerdo, siempre que lleves unas braguitas blancas con encaje.

 

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